CAPÍTULO 10 : EL PRECIO DE LA VERDAD

Llegamos al hospital general en menos de doce minutos. Dante manejó con una calma absoluta pero a una velocidad que no me atreví ni a mirar el velocímetro, con una mano firme en el volante y la otra extendida hacia atrás sobre el asiento, buscando la mía sin decir nada, apretándola fuerte, dándome fuerza sin palabras. Las calles de la ciudad pasaban borrosas tras los cristales, y mi cabeza daba mil vueltas por segundo: cuatro años deseando no volver a saber nada de Alejandro Ruiz, cuatro años jurándome a mí misma que lo había borrado de mi vida para siempre… y ahora corríamos como locos hacia el lugar donde quizás se estaba acabando su vida, y lo hacía no por amor que aún quedara, sino por justicia, por la verdad y por el horrible presentimiento de que él moría sin haber podido contar nunca lo que realmente sabía.

La entrada de urgencias era un caos controlado. Luces blancas cegadoras, olor fuerte a desinfectante y a medicinas, pasos rápidos, voces bajas y serias de médicos y enfermeras. Allí estaban ya los padres de Alejandro, Don Armando y doña Carmen, destruidos, ella llorando abrazada a su marido, él con la cabeza gacha, los hombros caídos, el hombre más poderoso y orgulloso que yo había conocido en mi vida reducido en una hora a un padre aterrorizado de perder a su único hijo. Un grupo de periodistas ya se agolpaba detrás de las cintas de seguridad policiales, hablando por teléfono, tomando fotos, preguntando.

En cuanto nos vieron aparecer por la puerta principal, todos los rostros se giraron de golpe hacia nosotros. Don Armando levantó la mirada, me clavó los ojos y por un segundo pensé que me iba a echar, que me iba a gritar, que me diría que no tenía nada que hacer allí. En cambio, soltó a su esposa, caminó hasta mí despacio, con paso pesado y cansado, y cuando estuvo frente a mí, sin que nadie lo esperara, inclinó la cabeza en una señal de respeto y de dolor inmenso.

—Valeria —dijo con la voz rota y quebrada por la edad y el sufrimiento—. No tenías por qué venir. Después de todo lo que te hicimos… de lo que permití que te hicieran… no tenías ninguna obligación. Pero te agradezco con el alma que estés aquí.

—No vine por él del todo, Don Armando —le respondí con sinceridad, suave pero firme—. Vine porque sé que esto no fue un accidente. Vine porque la verdad está en juego, y porque nadie merece que lo lastimen así, por más errores que haya cometido en la vida.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Asintió despacio, sin poder hablar, y solo apretó mi hombro con la mano temblorosa antes de volver al lado de su mujer. Dante se mantuvo siempre un paso atrás y a mi lado, callado, atento, su presencia sola ya era un escudo que mantenía a raya miradas, comentarios y a los mismos periodistas que intentaban acercarse. Nadie se atrevía a acercarse demasiado a Dante Vásquez. Nadie.

Pasados casi cuarenta minutos de espera eterna, salió el médico jefe de urgencias, con la bata blanca manchada levemente, el rostro serio y cansado. Se acercó a la familia y habló bajito para que solo nosotros pudiéramos oír: múltiples fracturas, hemorragia interna leve, golpe fuerte en el cráneo, sigue en estado crítico, inestable, pero por el momento había logrado estabilizarse lo suficiente. No daban garantías de nada. Aún no pasaba el peligro. Podía mejorar en las próximas horas, o podía empeorar de un momento a otro.

—¿Hay algo más? —preguntó Dante con voz grave, mirando fijamente al facultativo—. Algo que digan las lesiones, la forma del impacto… algo que no sea solo lo que se ve por fuera.

El médico dudó un segundo, miró de reojo a los policías que estaban cerca y respondió muy bajito solo para él:

—Técnicamente hablando… el impacto no coincide del todo con un despiste normal. Parece más bien como si algo o alguien lo hubiera empujado o forzado a salirse de la vía. Pero oficialmente, por ahora, es solo un accidente de tránsito.

Nos miramos Dante y yo al mismo tiempo. Nuestra sospecha era un hecho confirmado. Alguien lo había atacado a propósito. Y solo había una persona en todo el mundo con motivos, poder y frialdad mental suficiente para hacerlo.

Justo en ese instante sonaron los tacones fuertes y rítmicos acercándose por el pasillo largo de baldosas blancas. Camila Torres. Iba vestida completamente de negro, de pies a cabeza, el cabello rubio perfectamente liso y peinado, el rostro maquillado con una falsa tristeza tan bien hecha que habría engañado a cualquiera que no la conociera de verdad. Llevaba un pañuelo de encaje en la mano, se secó una lágrima que ni siquiera existía, y al vernos a mí y a Dante parados allí, no se inmutó ni un milímetro. Al contrario, sonrió por dentro, se le notó en los ojos grises brillantes y fríos.

—Ay, pobrecitos —dijo en voz alta, con esa voz dulce y envenenada que conocía de memoria, acercándose a abrazar a los padres de Alejandro como si fuera la esposa más devota y dolida del planeta entero—. Sigo sin poder creerlo. Una tragedia. Dios quiera que lo salve.

Pasó rozando mi hombro a propósito, y al hacerlo, bajó la voz hasta quedar solo en mi oído, de forma que nadie más oyó nada:

—Qué lindo que vinieras a verlo morir, Valeria. Qué detalle tan tuyo. Pero te aviso… lo que le pasó a él, le puede pasar a cualquiera que ande husmeando en lo que no le corresponde. Incluso a ti. Incluso al gran Vásquez.

Siguió caminando como si nada, saludando a policías y médicos con total naturalidad. Dante apretó mi mano con fuerza, conteniendo la rabia que le hervía por dentro, y me susurró muy cerca:

—No le hacemos caso. Ahora más que nunca, tenemos que encontrar lo que él guarda. Él sabía algo. Por eso lo atacaron. Justo hoy, justo después de decirle que ya no tenía nada que perder.

Mientras Camila se entretenía hablando con las autoridades, aprovechamos que la atención estaba desviada y entramos unos segundos a la habitación de aislamiento donde estaba Alejandro, conectado a tubos, monitores y cables, pálido, inmóvil, con vendas por todo el cuerpo y el rostro golpeado. Era difícil reconocer en ese hombre frágil y herido al mismo joven arrogante, guapo y seguro que un día me prometió amor eterno frente a un altar. Junto a la almohada, medio escondido debajo del colchón, vi el borde blanco de un sobre cerrado con mi nombre escrito de puño y letra.

Lo tomé rápido y lo guardé en el interior de mi chaqueta antes de que nadie lo viera. Salimos de la habitación sin hacer ruido, nos despedimos brevemente de los padres y salimos del hospital hacia el auto, lejos de oídos y miradas. Allí, bajo la luz amarilla de la farola de la calle, lo abrí. Eran cuatro páginas escritas a mano, letra temblorosa, desordenada, hecha en varios momentos distintos. Empezaba así:

Valeria, si estás leyendo esto, es porque muy probablemente ya no estoy, o porque por fin me armé de valor para entregártelo y ya no me importan las consecuencias. Te pido perdón mil veces, millones, por el altar, por el silencio, por haber sido tan cobarde. Camila chantajeó a mi familia y a mí durante años con el accidente. Pero hace poco descubrí cosas que ni yo mismo sabía. Ella no fue solo pasajera. ELLA MANIOBRÓ. Tiene la prueba real, la que dice la verdad completa, y la guarda en una caja fuerte dentro de un depósito cerrado con llave y huella, en el puerto, número 17. Yo tengo la llave física. La escondí en el único lugar que ella nunca revisará: dentro del forro del vestido de novia blanco que tú usaste aquel día, el que guardaron en el desván de la casa de mis padres. Te amé siempre. Solo a ti. Perdóname por no haber sido digno de ti ni un solo día de mi vida.

Se me hizo un nudo enorme en la garganta. Todo encajaba perfectamente. Lo atacaron porque él ya tenía la mitad de la verdad y estaba decidido a entregarla. El vestido. Mi vestido de novia, el símbolo de mi mayor humillación, guardaba la llave que podía terminar con todo de una vez por todas.

—Tenemos que ir —le dije a Dante con la mano temblando sosteniendo las hojas—. Mañana mismo, antes de que ella se dé cuenta de que falta algo.

Estaba a punto de arrancar el vehículo cuando el celular que habíamos dejado en el tablero sonó de golpe. Número privado. El mismo que nos envió el video. Contesté con el altavoz activado, respirando hondo.

—Lo han leído ya —dijo la voz al otro lado. Distorsionada, modificada electrónicamente, inconfundible… y sin embargo, había algo en el tono, en la forma de hablar, que me resultaba terriblemente familiar, conocida de toda la vida—. Ahora ya saben dónde está la llave. Pero escuchen bien: Camila no está sola. Tiene cómplices muy dentro de sus casas. Gente en la que confían ciegamente.

—¿Quién eres? —preguntó Dante con voz grave y autoritaria, inclinándose hacia el aparato—. ¿Por qué nos ayudas?

Hubo una pausa larga, y luego la voz sonó de nuevo, esta vez un poquito menos alterada, lo justo para que un escalofrío helado me recorriera la espalda entera de golpe y me quedara sin aliento. Reconocí el acento, la forma de pausar, todo.

—Porque yo también perdí a alguien esa noche de lluvia hace siete años —respondió muy lento—. Y porque… hemos estado mucho más cerca de ustedes todo este tiempo de lo que jamás imaginaron.

Cortó sin despedirse. Nos quedamos mudos, mirándonos el uno al otro en la penumbra del auto, con la misma pregunta flotando en el aire, pesada y enorme:

¿Quién demonios era esa voz que conocíamos tan bien, y que ha estado ahí desde el principio sin que lo notáramos siquiera?

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